Desconexión mente-cuerpo
Cuando atravesamos momentos de estrés extremo o trauma, ocurre una desconexión significativa entre la mente y el cuerpo. Esta disociación es una respuesta protectora del cerebro ante situaciones abrumadoras, en las que el nivel de amenaza es tan alto que la mente «se separa» de la experiencia física para evitar el dolor emocional o psicológico que el evento provoca. Sin embargo, aunque la mente consciente pueda disociarse, el cuerpo sigue experimentando el trauma, y la memoria emocional queda registrada en una región profunda del cerebro, la amígdala.
La disociación entre mente y cuerpo en momentos de estrés
Cuando nos enfrentamos a una situación de estrés intenso, el cuerpo entra en un estado de lucha, huida o congelación. Este es un mecanismo de supervivencia automático activado por el sistema nervioso autónomo y mediado por la amígdala, una estructura cerebral clave en la regulación del miedo y la respuesta emocional. En momentos de trauma, la amígdala actúa como una especie de «alarma» que envía señales al cuerpo para que se prepare ante una amenaza.
En este proceso, puede producirse una disociación: la mente racional, que normalmente procesa los eventos y les da sentido, se desconecta de lo que está ocurriendo. Esto sucede porque la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro encargada de la toma de decisiones conscientes y la regulación emocional, queda «bloqueada» o inhibida por el estrés intenso. La mente, en cierto sentido, deja de procesar el evento de manera lógica o secuencial para protegerse. Esta desconexión puede llevar a que, más adelante, la persona no recuerde claramente lo que sucedió o tenga una sensación de vacío mental respecto a la situación traumática.
El trauma y la amígdala: el cuerpo guarda la memoria
A pesar de esta disociación, la amígdala sigue funcionando como un «guardián emocional», almacenando los aspectos más intensos y emocionales de la experiencia traumática. Aunque la memoria consciente del evento puede desaparecer o volverse fragmentada, la memoria emocional del trauma permanece intacta en la amígdala. Esta memoria emocional no se expresa en forma de recuerdos conscientes o narrativos, sino que se manifiesta a través de sensaciones físicas, emociones repentinas o reacciones automáticas.
Esto significa que, aunque una persona no pueda recordar conscientemente el evento traumático, su cuerpo lo recuerda. La memoria del trauma puede manifestarse como tensión muscular, cambios en el ritmo cardíaco, problemas digestivos, fatiga crónica, o incluso como una respuesta de pánico o ansiedad al enfrentarse a estímulos que recuerdan de manera inconsciente el trauma original.
La desconexión consciente: “No sé por qué me siento así”
El resultado de esta separación entre la memoria consciente y la memoria almacenada en la amígdala es que la persona puede experimentar sensaciones o emociones muy intensas sin entender por qué suceden. Puede sentir miedo, ansiedad, o dolor físico sin una causa aparente en su vida actual. Esto ocurre porque el cuerpo ha registrado el trauma en un nivel profundo, pero la mente consciente no puede acceder fácilmente a esa información.
Por ejemplo, alguien que haya sufrido un accidente automovilístico traumático podría, años después, sentir una intensa sensación de pánico al escuchar el ruido de frenos o al estar en un coche, incluso si no recuerda conscientemente los detalles del accidente. La amígdala ha guardado esa memoria emocional, y el cuerpo responde a los desencadenantes que asocian, aunque la persona no sepa racionalmente por qué ocurre esa reacción.
Reconectar mente y cuerpo
El desafío ante estos procesos de disociación y memoria corporal es reconectar la mente y el cuerpo. Este proceso puede implicar terapias orientadas al trauma, como la terapia somática, que ayuda a liberar las tensiones físicas almacenadas en el cuerpo, o la terapia cognitivo-conductual (TCC), que trabaja para integrar las emociones y pensamientos en un nivel consciente. También existen enfoques como la EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), que busca conectar las memorias emocionales atrapadas en el cerebro límbico con la mente racional, permitiendo que se procese el trauma de manera segura y consciente.
En resumen, cuando vivimos un trauma o un estrés extremo, la disociación mente-cuerpo es un mecanismo de defensa natural que protege nuestra mente consciente del impacto emocional inmediato. Sin embargo, la amígdala almacena la memoria emocional del evento, haciendo que el trauma permanezca en el cuerpo, incluso si no podemos recordarlo conscientemente. Esto puede provocar reacciones físicas y emocionales intensas que parecen no tener explicación racional. La curación implica, en última instancia, reconectar la mente con el cuerpo y procesar las experiencias traumáticas a nivel tanto consciente como físico.